Pedro Luis Boitel (Final)
A principios de 1961 había quedado claro para todos los cubanos que el país vivía una nueva guerra civil, esta vez mucho más cruenta y masiva que la anterior. Resultaba inconcebible el realineamiento de los revolucionarios en dos bandos que se disputaban la propiedad de la revolución. Los que habíamos marchado juntos contra la dictadura de Batista nos estábamos matando sin compasión alguna, incluso con un odio innatural y destructivo que cegaba la razón. Los comunistas afirmaban que la revolución era de ellos y nosotros los tildábamos de traidores porque el pacto revolucionario no contemplaba esta opción ideológica.
Las prisiones se repletaron al máximo, los fusilamientos eran diarios y la fuga hacia Estados Unidos arrastraba a familias enteras, no siempre en el mismo viaje. El gobierno afirmaba que eran tiempos de lucha de clases y nosotros hablábamos de cosas más simples como la democracia, la libertad personal y la Constitución de 1940.
En Guatemala, Estados Unidos entrenaba una pequeña brigada de combate formada por exiliados cubanos y la Unión Soviética le suministraba armas y equipos de guerra a Fidel Castro. A mí me parecía que nosotros éramos apenas unos soldaditos de plomo sin influencia en los acontecimientos, o como decía mi padre, pura carne de cañón. Un episodio más de la guerra fría.
En la Cabaña hubo varias fugas exitosas como la de Francisco Aruca disfrazado de adolescente y la de Hirám González de mujer. Pedro Luis Boitel hizo varios intentos que se frustraron por diversas razones hasta que ya en el presidio de Isla de Pinos volvió sobre el tema, acompañado entonces por otros tres hombres entre los que se contaba Armando Valladares.
Al regreso de una visita Carmen Jiménez, cuyas relaciones con Pedro no se habían deteriorado aún, nos trajo el mensaje de que él necesitaba para la fuga cuatro camisas de miliciano, cuatro paquetes de colorante verde oliva y cuatro seguetas de calidad para cortar los barrotes de una de las ventanas de la circular. Todo aquello debíamos introducirlo dentro de un colchón.
Boby y yo hicimos las compras porque Armandito trabajaba y nosotros no. Ya con todo comprado nos reunimos en la biblioteca de mi casa, y ante el colchón extendido en el piso le pregunté a Carmen: ¿Por dónde cortan los colchones en la requisa? Ella señaló las platabandas y ambas superficies. Yo miré a mi padre y le dije: Hay que ponerlo en el chorizo. El era tapicero y, por similitud, al borde de los colchones y los muebles ellos les llaman así. Todo el trabajo lo hizo él, Pedro Celestino Alvarez Pariente, y quedó impecable, al extremo que en el presidio tuvieron que desguasar el colchón para encontrar el pedido.
Boby y yo depositamos el colchón en la oficina de Aerovías Q del Paseo del Prado y quedamos todos a la espera. Semanas más tarde supimos que la nave que debía haberlos recogido en la costa de Isla de Pinos nunca llegó y los cuatro prófugos fueron encerrados en celdas de castigo.
Pasaron los meses y luego los años y las cárceles en Cuba se convirtieron en escenarios de grandes huelgas de hambre y ayunos que los reclusos utilizaban para reclamar sus derechos. Muchos de ellos murieron y otros quedaron con secuelas para toda la vida. Fueron jornadas terribles que el gobierno reprimió con violencia extrema. En la penúltima de sus huelgas, Pedro consiguió que le permitieran vestir ropas blancas de civil, asistencia médica hospitalaria, visita semanal y otros beneficios inherentes a los presos políticos. Se iniciaban por entonces las campañas mundiales por los derechos humanos y Fidel Castro quiso parecer condescendiente, al menos por un tiempo.
Un día, los guardias confiscaron todas las pertenencias de Pedro, le cancelaron el derecho de visita semanal y lo devolvieron a un pabellón del Castillo del Príncipe. Su reacción fue obvia: Apeló de nuevo a la huelga de hambre. Uno de sus compañeros, Osvaldo Figueroa, maqueca, escribió un diario de aquellos 53 días angustiosos en que se fue consumiendo poco a poco hasta que extinguió su vida. Es un relato minucioso y estremecedor, escrito con la pasión de quien ve morir a un amigo.
Recuerdo aquella mañana en que Gregorio Ariosa me llamó para darme la noticia. Le pedí que fuera a buscarme. Yo cumplía prisión domiciliaria con la obligación de pedir permiso para ir al médico y a la iglesia, los dos únicos sitios que me eran permitidos. Ariosa me bajó el primer piso de mi casa y empujó el sillón de ruedas a lo largo de unas cien cuadras hasta la casa de Pedro, en un segundo piso. Clara lloraba y algunas mujeres, familiares de otros presos políticos, la consolaban. Un rato después le dije a Ariosa: Hay que darle la noticia al mundo.
Esa tarde, Ariosa empujó mi sillón y me subió y bajó de pisos altos mientras recorríamos las agencias de prensa acreditadas en Cuba. France Press, EFE, Reuter, donde nos escucharon con temor a las represalias del gobierno. El corresponsal residente de Reuter, que vivía en el quinto piso del edificio Altamira, puso música en el radio mientras yo le hablaba acerca de Pedro y él tomaba nota.
De vuelta a casa de Clara, las mujeres rezaban el rosario. Mi madre y mi padre ya estaban allí. Ya de noche, llegaron dos oficiales de la Seguridad del Estado, muy jóvenes, con la misión de hacernos desalojar el lugar. Se les notaba cierta incomodidad. Fue mi madre quien les habló sin acritud pero con firmeza: Respeten el dolor de esta madre. Márchense.
Los dos se marcharon a toda prisa. Ya de madrugada y acuciado por la necesidad de ir al baño le pedí a Ariosa que me bajara una vez más la escalera y regresé a mi casa. Al día siguiente ocurrieron algunos incidentes en el cementerio. Yo no estaba allí, pero mi madre sí. Aunque se había muerto un amigo entrañable, ejemplo de integridad y valentía, no pude llorar hasta varias semanas después cuando, inclinado sobre el radio de onda corta, escuchaba la crónica del doctor Humberto Medrano por la Voz de América. Junto a mí lloraba también Pedro Ibrahim Ortíz Anaya.
JORGE DAUBAR
jorgedaubar@yahoo.com
Las prisiones se repletaron al máximo, los fusilamientos eran diarios y la fuga hacia Estados Unidos arrastraba a familias enteras, no siempre en el mismo viaje. El gobierno afirmaba que eran tiempos de lucha de clases y nosotros hablábamos de cosas más simples como la democracia, la libertad personal y la Constitución de 1940.
En Guatemala, Estados Unidos entrenaba una pequeña brigada de combate formada por exiliados cubanos y la Unión Soviética le suministraba armas y equipos de guerra a Fidel Castro. A mí me parecía que nosotros éramos apenas unos soldaditos de plomo sin influencia en los acontecimientos, o como decía mi padre, pura carne de cañón. Un episodio más de la guerra fría.
En la Cabaña hubo varias fugas exitosas como la de Francisco Aruca disfrazado de adolescente y la de Hirám González de mujer. Pedro Luis Boitel hizo varios intentos que se frustraron por diversas razones hasta que ya en el presidio de Isla de Pinos volvió sobre el tema, acompañado entonces por otros tres hombres entre los que se contaba Armando Valladares.
Al regreso de una visita Carmen Jiménez, cuyas relaciones con Pedro no se habían deteriorado aún, nos trajo el mensaje de que él necesitaba para la fuga cuatro camisas de miliciano, cuatro paquetes de colorante verde oliva y cuatro seguetas de calidad para cortar los barrotes de una de las ventanas de la circular. Todo aquello debíamos introducirlo dentro de un colchón.
Boby y yo hicimos las compras porque Armandito trabajaba y nosotros no. Ya con todo comprado nos reunimos en la biblioteca de mi casa, y ante el colchón extendido en el piso le pregunté a Carmen: ¿Por dónde cortan los colchones en la requisa? Ella señaló las platabandas y ambas superficies. Yo miré a mi padre y le dije: Hay que ponerlo en el chorizo. El era tapicero y, por similitud, al borde de los colchones y los muebles ellos les llaman así. Todo el trabajo lo hizo él, Pedro Celestino Alvarez Pariente, y quedó impecable, al extremo que en el presidio tuvieron que desguasar el colchón para encontrar el pedido.
Boby y yo depositamos el colchón en la oficina de Aerovías Q del Paseo del Prado y quedamos todos a la espera. Semanas más tarde supimos que la nave que debía haberlos recogido en la costa de Isla de Pinos nunca llegó y los cuatro prófugos fueron encerrados en celdas de castigo.
Pasaron los meses y luego los años y las cárceles en Cuba se convirtieron en escenarios de grandes huelgas de hambre y ayunos que los reclusos utilizaban para reclamar sus derechos. Muchos de ellos murieron y otros quedaron con secuelas para toda la vida. Fueron jornadas terribles que el gobierno reprimió con violencia extrema. En la penúltima de sus huelgas, Pedro consiguió que le permitieran vestir ropas blancas de civil, asistencia médica hospitalaria, visita semanal y otros beneficios inherentes a los presos políticos. Se iniciaban por entonces las campañas mundiales por los derechos humanos y Fidel Castro quiso parecer condescendiente, al menos por un tiempo.
Un día, los guardias confiscaron todas las pertenencias de Pedro, le cancelaron el derecho de visita semanal y lo devolvieron a un pabellón del Castillo del Príncipe. Su reacción fue obvia: Apeló de nuevo a la huelga de hambre. Uno de sus compañeros, Osvaldo Figueroa, maqueca, escribió un diario de aquellos 53 días angustiosos en que se fue consumiendo poco a poco hasta que extinguió su vida. Es un relato minucioso y estremecedor, escrito con la pasión de quien ve morir a un amigo.
Recuerdo aquella mañana en que Gregorio Ariosa me llamó para darme la noticia. Le pedí que fuera a buscarme. Yo cumplía prisión domiciliaria con la obligación de pedir permiso para ir al médico y a la iglesia, los dos únicos sitios que me eran permitidos. Ariosa me bajó el primer piso de mi casa y empujó el sillón de ruedas a lo largo de unas cien cuadras hasta la casa de Pedro, en un segundo piso. Clara lloraba y algunas mujeres, familiares de otros presos políticos, la consolaban. Un rato después le dije a Ariosa: Hay que darle la noticia al mundo.
Esa tarde, Ariosa empujó mi sillón y me subió y bajó de pisos altos mientras recorríamos las agencias de prensa acreditadas en Cuba. France Press, EFE, Reuter, donde nos escucharon con temor a las represalias del gobierno. El corresponsal residente de Reuter, que vivía en el quinto piso del edificio Altamira, puso música en el radio mientras yo le hablaba acerca de Pedro y él tomaba nota.
De vuelta a casa de Clara, las mujeres rezaban el rosario. Mi madre y mi padre ya estaban allí. Ya de noche, llegaron dos oficiales de la Seguridad del Estado, muy jóvenes, con la misión de hacernos desalojar el lugar. Se les notaba cierta incomodidad. Fue mi madre quien les habló sin acritud pero con firmeza: Respeten el dolor de esta madre. Márchense.
Los dos se marcharon a toda prisa. Ya de madrugada y acuciado por la necesidad de ir al baño le pedí a Ariosa que me bajara una vez más la escalera y regresé a mi casa. Al día siguiente ocurrieron algunos incidentes en el cementerio. Yo no estaba allí, pero mi madre sí. Aunque se había muerto un amigo entrañable, ejemplo de integridad y valentía, no pude llorar hasta varias semanas después cuando, inclinado sobre el radio de onda corta, escuchaba la crónica del doctor Humberto Medrano por la Voz de América. Junto a mí lloraba también Pedro Ibrahim Ortíz Anaya.
JORGE DAUBAR
jorgedaubar@yahoo.com
Etiquetas: Daubar


9 Comments:
.....Uno de sus compañeros, Osvaldo Figueroa, maqueca, escribió un diario de aquellos 53 días angustiosos en que se fue consumiendo poco a poco hasta que extinguió su vida. Es un relato minucioso y estremecedor, escrito con la pasión de quien ve morir a un amigo.
Daubar ..Donde pudiera leer el diario de Osvaldo Figueroa..?
Gracias por todo
Julio Cesar
Miami,Fl.
Hay varias ediciones en forma de libro. Es posible que lo encuentres en alguna librería hispana. Yo lo estoy poniendo en Internet. Cuando esté terminado el ws le pediré a Rui que me permita anunciarlo. El trabajo de Maqueca es de antología porque es alguien muy alejado de la literatura. Tenemos que agradecerle lo que hizo.
se preguntó y se contestó.
EL HERMANO DE JUANITA
No seas tonto, Hermano de Juanita, el ip de las computadoras es identificable y Rui lo tiene a la vista en contador de visitas. Cuando escribes algo interesante lo aprecio. Esta vez no lo hiciste.
jorge es que a punto de ir para la morgue, es que aparecen dos posts en esta colaboración tuya. más que todo fue un choteo.
pero en serio, tu tienes mucha información, pero la proyectas de una forma muy densa, al estilo del panfleto Libre del estafador convicto demetrio pérez jr.
deberías de escribir más al estilo de un columnista norteamericano, porque tampoco encajas como un narrador. y esto es en serio. has cogido fama de aburrido en el blog y ese ñeque para quitárselo de arriba es del carajo.
EL HERMANO DE JUANITA
Hermano de Juanita, eso no te lo crees ni tú mismo.
HERMANO DE JUANITA
La envidia te consume de tal forma ,cuando lees a Daubar , que no atinas solo a expresar estupideces y frustraciones .
Soy JC el que le pregunto a Daubar donde comprar el libro de
Osvaldo Fuigueroa.
"JC" tu estilo de postear se parece al del anti?
EL HERMANO DE JUANITA
ustedes son masoquistas. un post está lleno de telas de araña, nadie lo toca, pero cuando uno entra y le echa almibar, todos se pegan como moscas.
EL HERMANO DE JUANITA
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